Ayer, sábado, fui a la playa con una amiga. No me gusta “ir a la playa”, menos a una de arena. La disforia y ansiedad me paralizan y no logro estar tranquilo. Terminamos en una playa nudista, no había casi gente, era el escenario ideal para aprender que no estoy constantemente en peligro.
Me terminé desnudando con el dicho de “a donde fueres, haz lo que vieres”, nos bañamos un rato. Tampoco me gusta mucho bañarme, abandonar mis cosas en tierra a la voluntad del que pasea por la playa. Nadie vigilaba, no hacía falta.
Regresé pronto a la toalla, mis cosas seguían allí, la tortilla seguía caliente y el pan en su bolsa. Releí menajes en el móvil y ojeaba que mi amiga no se estuviera ahogando. Ella salió del agua, se dirigió a nuestra toalla, pero no me miraba a mí. Con el rabillo del ojo vi el problema, metro ochenta de jambo desnudo, se acercaba a la toalla.
El jambo me pidió fuego, ya no fumo así que no le di nada. Se fue, cogió algo de entre sus cosas y regresó con un mechero, se prendió un porro. Mi amiga estaba sentada a mi lado. Nos dijo que era trans, en el armario y nos pidió permiso para sentarse, se lo concedimos.
Esta persona me dio una turra como ninguna, hablando de que no conocía a nadie del colectivo y no podría transicionar porque sería un problema para su familia. A veces se travestía y paseaba, no le gustaba la fiesta. Le invité a seguir descubriendo su identidad, coincidí en que es muy difícil salir del armario, pero que si es lo que desea, no se arrepentirá. Mi amiga le ofreció un vaso de casera, que llenó de arena.
La conversación se volvió pesada, violenta, esta persona hablaba de que no le gustaban los chicos, le daban asco, y que las experiencias que había tenido con chicas trans había sido muy “placenteras”. Me tiró el humo de su porro a la cara mientras decía que no se iba a operar, que ya bastante había tenido con una operación de fimosis y llamó mi atención sobre su chorra. Me tiró ceniza encima mientras decía que le había comido el pito a una, muy fina y alta, que no le gustaban gordas y le llamó la atención a mi amiga por estar en silencio, extrañada y paralizada.
Mientras intentaba no mirarle y esquivar el humo de un porro mal liado, me dijo que me fijara en donde se había sentado, un hilo blanco le salía de punta de la chorra hasta la toalla, manchándola. Se limpió el líquido con la mano. Dijo algo como “anda, mira” en el mismo tono que pondría alguien que acaba de gastar una broma. No sé cómo no le grité, le dije que eso era muy incómodo y que mi amiga y yo nos íbamos a hacer un bocata.
Triste, dijo que iba a bañar a su perra, se levantó, me dió la misma mano con la que se limpió la chorra, recogió sus cosas y, oteándonos, se fue de la playa.
Enlace permanente!